La industria de los productos ultraprocesados ha perfeccionado estrategias de comunicación que les permiten presentarse como empresas saludables, responsables y ecológicas, aunque sus prácticas contradigan estos discursos. Según especialistas, recurren a tácticas como el greenwashing (simular ser amigables con el medio ambiente), el socialwashing (aparentar compromiso social), el healthwashing o nutriwashing (asociar sus productos con beneficios a la salud) y el brainwashing (técnicas psicológicas para inducir consumo).
Raúl Romero Gallardo, investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, advierte que estas narrativas trasladan la responsabilidad al consumidor. “Se nos quiere hacer creer que comprar un producto con empaque reciclado, ropa deportiva aunque no hagas deporte o un auto híbrido mientras sigues contaminando, te hace moderno, ecológico y responsable”, explica.
La organización Global Health Advocacy Incubator (GHAI) identificó en un informe tres tácticas clave que la industria usa para blindar su imagen frente a las críticas:
- Socialwashing: campañas ligadas a causas sociales como la inclusión LGBT+.
- Greenwashing: presentación de empaques “ecológicos” o promesas de menor impacto ambiental.
- Nutriwashing/Healthwashing: vincular ultraprocesados con supuestos beneficios para la salud, sin evidencia científica.
Ejemplos de estas campañas abundan. En México, PepsiCo se alió en 2021 con el Museo Memoria y Tolerancia para lanzar la campaña Doritos Rainbow en apoyo a la diversidad sexual. Femsa, la mayor embotelladora de Coca-Cola, financia programas para atender la crisis hídrica en Chiapas, a pesar de ser uno de los principales consumidores de agua.
El doctor Simón Barquera, del Instituto Nacional de Salud Pública, recuerda que las corporaciones también se amparan contra políticas públicas que buscan proteger a la población, como el etiquetado frontal de advertencia. Alejandro Calvillo, de El Poder del Consumidor, denunció que la Secretaría de Economía retrasó hasta 2028 la tercera fase de dicho etiquetado, que endurecería la regulación sobre nutrientes críticos.
Romero Gallardo enfatiza que comer es también un acto político: “Lo que adquirimos y a quién le compramos refleja qué modelo apoyamos: el de las transnacionales o el de los campesinos que siguen alimentando al mundo”.
Para los especialistas, el mensaje de estas industrias es claro: no reducen producción ni contaminación, pero ofrecen al consumidor productos y campañas que le hagan sentir que contribuye a causas sociales y ambientales. “Se crean ofertas de mercado para tener consumidores cómodos, satisfechos consigo mismos, aunque en realidad nada cambie”, concluye Romero.