Aunque la energía solar no está exenta de impactos ambientales, los datos muestran que su huella es considerablemente menor frente a los combustibles fósiles. La producción y el reemplazo anticipado de paneles solares ha incrementado la generación de residuos: entre 2020 y 2024 pasaron de 220 mil a 900 mil toneladas a nivel mundial, y se estima que podrían alcanzar 250 millones de toneladas en 2050, según la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA).
El reemplazo temprano de paneles, pese a tener una vida útil de 25 a 30 años, se debe a daños por tormentas o defectos de fabricación, ya que suele ser más barato sustituirlos que repararlos. Sin embargo, al analizar los residuos generados por unidad de energía producida, la perspectiva cambia. Un panel solar promedio genera alrededor de 2 kilogramos de residuos sólidos por megavatio hora, cifra similar a la estimada por estudios científicos recientes.
En contraste, una central de carbón produce entre 80 y 100 kilogramos de residuos sólidos por megavatio hora, además de emitir cerca de 950 kilogramos de dióxido de carbono. El gas natural, aunque no genera cenizas, emite alrededor de 450 kilogramos de CO₂ por la misma cantidad de energía. A ello se suman contaminantes atmosféricos como óxidos de nitrógeno, dióxido de azufre, partículas finas y metales pesados, con impactos directos en la salud y el medio ambiente.
Si bien los paneles solares contienen materiales como aluminio, vidrio, silicio y pequeñas trazas de metales, no emiten contaminantes durante su operación y gran parte de sus componentes pueden reciclarse. En la Unión Europea, por ejemplo, la normativa obliga a reciclar al menos el 85% de los módulos, logrando tasas de recuperación de hasta 95%. Frente a las emisiones masivas y continuas de los combustibles fósiles, los residuos de la energía solar resultan limitados, manejables y con un impacto significativamente menor.