Con los pies descalzos bajo el sol de Acapulco

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¡Mis pies, quemados por el sol, seguían endureciéndose y creo que también mi carácter!

Dr. Luis Arturo Bello Pérez

Hablar de Acapulco en los inicios de los 70’s era hablar del paraíso del Pacífico. Me refiero a esta década ya que es donde me alcanzan mis recuerdos de la niñez, pero este destino turístico, en esa época, el más importante en México, repunto a inicios del los 60’s, donde ese pueblo de pescadores, paso a convertirse en el destino para descansar de muchos turistas extranjeros, y sobre todo de canadienses, que llegaban a Acapulco desde inicios de diciembre y retornaban a su país por el mes de abril, dejando derrama económica que hizo crecer a nuestro puerto. Ese año de 1970 se celebraba el primer mundial en México, la expectación se centraba en tan importante evento, tratando de olvidar la tragedia de Tlatelolco, pero como dicen “2 de octubre no se olvida”. Esa niñez en mi barrio, uno de los barrios históricos de Acapulco, el Teconche, que colindaba con la Guinea, ahí transcurría la infancia con los juegos en la calles, juegos como el futbol, que se faciltaba porque en esa época los automovíles que se estacionaban en la calle y los que pasaban hacia la parte alta de la guinea, eran pocos, y recuerdo que parabamos el partido de futbol para que pasaran, aunque la preocupación de mi madre era que no nos fueran a atropellar, ya que cuando uno es niño no mide el peligro. Había épocas en que tomábamos de juego las “culebrinas” cuando los vientos para elevarlas no los permitían (a fines y principios de año), o las canicas, el bote, el tacón y todos esos juegos que compartíamos en la calle sin el peligro de que a los niños les pudiera pasar algo. Por las mañanas era el juego de fútbol o jugar a los “centros”, donde la portería era el portón del hotel del Patio, o después de las 6:00 de la tarde, hora de salida de la escuela primaria, que aún se encuentra en la calle detrás de la iglesia de la Soledad, que antes era la catedral de Acapulco. El traslado a casa tomaba cinco minutos a pie y, a la salida, veníamos juntos con los primos y los amigos. Cuando venían las vacaciones de diciembre y verano, los juegos se acrecentaban, pero mi madre tomó la estrategia de inscribirnos en clases particulares cerca de la casa, con la maestra Carmen, quien, afuera de su casa, acondicionó y puso sillas y mesitas para darnos clases a los que quisieran, por lo que primos, mis hermanos y amigos acudíamos. Ella nos ponía actividades en nuestros cuadernos y se metía a su casa a realizar sus quehaceres domésticos y, desde ahí, nos vigilaba para que no estuviéramos jugando y nos dedicáramos a hacer operaciones de suma, resta, multiplicación o división, o a hacer planas de caligrafía, ya que era muy estricta y regañaba a la usanza de la escuela tradicional mexicana. Nos hacía un recreo en el que ella vendía dulces. Creo que eso me ayudó a desarrollar disciplina en mi educación.

Acapulco todo el año es caluroso y con un sol que quema la piel, refrescaba un poco en la época en que entraban al puerto tormentas tropicales, ciclones y huracanes. Mi madre me compraba unas sandalias que se conocen como “pata de gallo”, y siempre nos ordenaba de forma rigurosa que las usaramos, pero por los juegos las ponía detrás de un poste de luz, y siempre andaba descalzo, con los pies sucios y curtidos por la temperatura del pavimento, que podía alcanzar hasta los 45 grados, pero eso ya no lo sentía, así como la piel curtida de los brazos, piernas y espalda, ya que solia no usar playera. Recuerdo que subía a la casa, me lavaba los pies junto a la pila de agua, merendaba y me acostaba, o estaba viendo la televisión y me acordaba de que había olvidado mis sandalias y bajaba corriendo, preocupado, a buscarlas. Afortunadamente, siempre las encontraba en el lugar donde las había dejado; si no, me tendría que atener a la chanclisa de mi madre. Mi asistencia a la escuela primaria fue en el turno vespertino, por lo que solía jugar por la mañana, mientras mis dos hermanos asistían al jardín de niños y mi hermana a la primaria matutina. Mi juego terminaba, aunque no de mucho agrado para mis amigos, cuando mi madre bajaba y me gritaba desde una explanada más arriba de donde jugaba que fuera por mi hermano al kínder y me arrojaba una moneda de 50 centavos para comprarle un dulce o una paleta de hielo al salir de su escuela. No había poder humano que me convenciera de romper mi rutina. De ahí subia a bañarme y arreglarme para ir a la escuela, no sin antes comer algo, que mi abuela paterna me servia, ya que la familia de mi tia, mis abuelos y nosotros vivíamos en la misma casa, con todas la dificultades y carencias de una familia humilde, pero en esa época de niño, a nosotros no nos incomodaba, excepto cuando había peleas familiares por desacuerdos entre mi madre y mi tía, que nos distanciaba por unos dias.

Era el primero en llegar a la escuela, esperando a que salieran los del turno matutino, pero recuerdo cómo me sentaba con mi mochila en una barda pegada a la puerta, que era una especie de maleta, con todos mis libros y cuadernos en su interior, y veía salir a todos. Esa rutina no cambió durante los seis años de primaria, que continué cuando estudié secundaria, pero ya en el turno matutino, en la Federal No. 1, por el rumbo de la Diana Cazadora.

Los juegos en la calle continuaron, pero mis pies, quemados por el sol, seguían endureciéndose y creo que también mi carácter. Siempre sufría cortaduras y vidrios que se enterraban. Cuando ya eran heridas muy grandes, que no podía curarlas, y vidrios que, después de muchos intentos con una aguja casera, no podía retirar, acudía a la Cruz Roja, que estaba a un costado de mi escuela primaria y enfrente de la cárcel municipal y la estación de bomberos, para que me curaran o retiran los vidrios, y les dejaba una cooperación voluntaria, que tomaba una monedas a escondidas de mi mamá. 

Ese sol que quemaba los pies y ardía la espalda de muchos me ayudó a forjar mi carácter de lucha, esfuerzo y dedicación, pero, sobre todo, a no permitir injusticias. A pesar de las muchas carencias que vivimos en esa época, mi madre nunca las compartió, y como niños, con tener algo de comer y juegos era más que suficiente, juegos sencillos, porque no había dinero para comprar juguetes caros, de los que anunciaban en la televisión. Mi madre buscaba cómo obtener recursos, vendía ropa, perfumes, artículos de belleza, de cocina, hacía tandas, pero nunca bajó los brazos, y todo con honradez, sin tomar algo que no le perteneciera. Esa honradez fue transmitida por mis abuelos y mi padre, que, a pesar de que mi abuelo fue un modesto albañil y mi padre, como él decía, un modesto cantinero en el club de esquí de Acapulco, nunca los vi tomar algo que no fuera de ellos ni decir una mala palabra. 

Este legado me hizo ser la persona que soy, que todo lo que he logrado ha sido con mi esfuerzo, constancia, disciplina y dedicación, recuerdo que si faltaba a clases unas dos a tres días en el año escolar fueron muchas, nunca puse de pretexto estar enfermo o tener cansancio para no ir a la escuela, disciplina que inculqué a mis hijos, y que ellos siguieron, porque ellos nunca me dijeron que no tenían ganas de ir a la escuela o buscaban justificarse diciendo que estaban enfermos. Esto me llevó a terminar la licenciatura de Ingeniería Bioquímica en el Tecnológico de Acapulco, una maestría en Bioingeniería en el Centro de Investigación y Estudios Avanzados (CINVESTAV) del IPN en la Ciudad de México, un doctorado en Biotecnología de Plantas en el CINVESTAV en Irapuato, posteriormente un posdoctorado en el Instituto de Investigación Agronómica en Nantes, Francia, estancias de investigación en las Universidades de Nottingham (Inglaterra) e Ilinois (Estados Unidos) y dos años sabáticos en la Universidad de Purdue en Indiana, Estados Unidos. Esto me llevó a ser investigador nacional emérito del Sistema Nacional de Investigadores e Investigadoras de México y a ser reconocido, en 2026, por Research.com como el número 1 en el área de química del país, lo cual se debió al impacto mundial de mis trabajos de investigación.

Nunca pensé llegar hasta donde estoy; tal vez, si lo hubiese pensado o deseado, no lo hubiese logrado. Solo me dediqué a estudiar y a trabajar, pero siempre dando lo mejor de mí y, como digo siempre, poniendo el extra, que, si las cosas no salen hoy, mañana saldrán, pero sí haciendo un análisis y una reflexión al final del día para que al día siguiente se puedan tener mejores resultados.

Han pasado los años y el tiempo ha empezado a hacer estragos, aunque ese andar con los pies descalzos y sin playera también me ha ayudado a mantener un poco mejor mi salud física. Lo más seguro es que ahora sí me pidan caminar con los pies descalzos bajo el sol de Acapulco, ya no lo puedo hacer. Como acapulqueño, me siento orgulloso de donde vengo y lo que he logrado en mi vida personal y profesional, sin haber tomado algo que no gané con mi esfuerzo; espero que vengan más niños que, aunque caminen con los pies descalzos bajo el sol de Acapulco, puedan lograr sus metas de cada día ser mejores y ayudar a su comunidad, como escuche en la graduación de uno de mis hijos por el orador, un profesionista talentoso director de empresas transnacionales, que dijo: … “nunca lleven pan sucio a su casa”, sean cada día mejores, y mirar con la frente en alto.

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